Oración

 

A mis ancestros yo les oro,
les imploro,
les confío.

Los invoco cada noche cuando muero ante el sueño
para que la flecha venenosa que se dirige hacia mí,
desde la mirada del opresor,
no me atraviese.

Yo los convoco y me envuelven entre sus sábanas de agua.
Me salvan de la pesadilla del abusador genocida,
que amenaza con su mano blanca borrar de mí toda huella de negrura,
toda señal de diferencia,
todo signo de resistencia,
todo derecho de libertad.

Ellos me abren sus puertas de fuego
y me vuelven aire para que no me queme.
Me amparan en su memoria
para que la muerte no me alcance y el miedo no me detenga;
para que el despojo no llegue a mi puerta
ni a la puerta de mi hermanos y hermanas;
para que sus palabras sean armadura eterna de la inagotable luz de mis días
y la violencia que se ejerza contra mí y los míos,
no nos extermine.

Ellos, que están en todas partes, me hablan en todos los idiomas
y sus voces de trueno pregonan:

“Ana Luisa,
Deja que el mar escriba sobre la arena tu nombre
y que tu rostro sea la luna para el pescador.
Deja que tu cuerpo sea reflejo en el espejo
y que tu figura se convierta en retrato múltiple de ti.
Deja que tu voz se vuelva ola, piedra, rayo, arma, grito y eco
para cuando caigas en las trampas del cazador blanco
protestes y formes revueltas y rebeliones que desestabilicen su calma y su poder;
para que sepa él que no te callas,
que no te achicas,
que no te borra de la historia,
porque contigo estamos".

© 2018 Ana Luisa Muñoz Ortiz